martes, 1 de octubre de 2013

ERES (en Sefarad, de Antonio Muñoz Molina)


No eres una sola persona y no tienes una sola historia, y ni tu cara ni tu oficio ni las demás circunstancias de tu vida pasada o presente permanecen invariables. El pasado se mueve y los espejos son imprevisibles. Cada mañana despiertas creyendo ser el mismo que la noche anterior y reconociendo en el espejo una cara idéntica, pero a veces en el sueño te han trastornado jirones crueles de dolor o de pasiones antiguas que dan a la mañana una luz ligeramente turbia, y esa cara que parece la misma está cambiando siempre, modificada a cada minuto por el tiempo, como una concha por el roce de la arena y los golpes y las sales del mar.

Durante unos segundos un sabor o un olor o una música de la radio o el sonido de un nombre te hacen ser quien fuiste hace treinta o cuarenta años, con una intensidad mucho mayor que la conciencia de tu vida de ahora.

Eres cada una de las personas diversas que has sido y también las que imaginabas que serías ,y cada una de las que nunca fuiste, y las que deseabas fervorosamente ser y ahora agradeces no haber sido. Al mismo tiempo que tú se transfigura la habitación donde estás y la ciudad o el paisaje que se ve desde la ventana, la casa que habitas, la calle por la que caminas, todo alejándose y huyendo nada más aparecido al otro lado del cristal, sin detenerse nunca, desapareciendo para siempre. Ciudades, recuerdos y nombres de ciudades en las que parecía que ibas a vivir siempre y de las que te fuiste para no volver, estampas de ciudades en las que pasaste unos días, recién llegado y ya a punto de marcharte, y que ahora son en la memoria como un desorden de postales en colores fuertes y rancios, como los azules en las postales de las ciudades marítimas en los años sesenta.

Quién eras cuando caminabas por cualquiera de ellas, sumergiéndote con miedo y fervor en el anonimato que te ofrecían, en la suspensión y en la pérdida de una identidad que era invisible para cualquiera de los que se cruzaban contigo. Si acaso lo que menos cambia, a través de tantos lugares y tiempos, es la habitación en la que te recluyes, ese cuarto del que según Pascal no debería uno salir nunca para que no le sobreviniera la desgracia.

Eres cualquiera y no eres nadie, quien tú inventas o recuerdas y quien inventan y recuerdan otros, los que te conocieron hace tiempo, en otra ciudad y en otra vida, y se quedaron de ti como una imagen congelada de quien eras entonces, una de esas fotos olvidadas que a uno le extrañan y hasta le repelen cuando vuelve a verlas al cabo de los años. Eres quien imaginaba porvenires quiméricos que ahora te parecen pueriles, y quien amó tanto a mujeres de las que ahora ni te acuerdas, y quien te avergüenzas de haber sido, quien fuisteavecessinquelosupieranadie.Eresloque otros, ahora mismo, en alguna parte, cuentan de ti, y lo que alguien que no te ha conocido cuenta que le han contado, y lo que alguien que te odia imagina que eres. Cambias de habitación, de ciudad, de vida, pero hay sombras y dobles tuyos que siguen habitando en los lugares de los que te marchaste, que no han dejado de existir porque tú ya no estés en ellos.

Cambias de vida, de habitación, de cara, de ciudad, de amor, pero aun despojándote de todo queda algo que permanece siempre, que está en ti desde que tienes memoria y mucho antes de alcanzar el uso de razón, el núcleo o la médula de lo que eres, de lo que nunca se ha apagado, no una convicción ni un deseo, sino un sentimiento, a veces amortiguado, como una brasa oculta bajo las cenizas del fuego de la noche anterior, pero casi siempre muy agudo, latiendo en tus actos y tiñendo las cosas de una duradera lejanía: eres el sentimiento del desarraigo y de la extrañeza, de no estar del todo en ninguna parte, de no compartir las certidumbres de pertenencia que en otros parecen tan naturales o tan fáciles, la seguridad con que muchos de ellos se acomodan o poseen, o se dejan acomodar o poseer, o dan por supuesta la firmeza del suelo que pisan, la solidez de sus ideas, la duración futura de sus vidas.

Yo no soy quien era entonces, y estoy muy lejos de las ideas que me llevaron allí, pero hay algo que sé y me gusta saber, sé que fui insensato y temerario, pero no fui cobarde, y sé también que no es mérito mío, que pude haberlo sido, igual que lo fueron otros, incluso algunos que se las daban de muy valerosos antes de que empezaran a silbar los disparos. Pero también yo estoy vivo, y otros murieron, valientes o cobardes, y muchas noches, cuando no puedo dormir, me acuerdo de ellos, me parece que vuelven para pedirme que no les olvide,quedigaqueexistieron.No sabes lo que hubieras sido, lo que podrías ser, pero sí lo que de un modo u otro has sido siempre, visiblemente o en secreto, en la realidad y también en los ensueños de la imaginación, aunque tal vez no a los ojos de otros. ¿Y si fueras de verdad lo que otros perciben, y no lo que tú imaginas ser, igual que no eres quien tú ves en el espejo, y que tu voz no suena como tú la escuchas?

Puedes llegar a la consulta del médico creyéndote invulnerable a la muerte, titular de un tiempo de vida prácticamente ilimitado, y salir media hora más tarde sabiendo que hay algo que te aleja y te separa de los otros, aunque nadie todavía pueda advertirlo en tu cara, que a diferencia de ellos, que se imaginan eternos, tú llevas contigo, dentro de ti, por la misma calle por la que viniste con tanta despreocupación, una sombra que ellos no ven y en la que no piensan, aunque también les ronde y les esté esperando.
Cuando sales a la calle, al cabo de no más de una hora, deslumbrado al principio por el sol, después de que tus ojos se habituaran a la penumbra de la consulta, la ciudad a la que vuelves ya no es la misma que creías conocer, y ahora los hombres y las mujeres que se cruzan contigo ya no son tus semejantes, y hasta la textura de la realidad ha cambiado, aunque superficialmente permanezca idéntica, igual que tu cara y tu aspecto general son los mismos cuando los ves de soslayo en el espejo de un escaparate. Caminas por la ciudad que ya no es la tuya con una sensación de agrio despertar, de haber abierto los ojos a la luz rara del amanecer y descubierto con menos asombro que vergüenza que te has convertido en algo inusitado, en un gran insecto, en un enfermo, en alguien que sabe que va a morir; pero la sensación también es la de estar soñando, la de moverte en el interior de una pesadilla, más siniestra porque todas las cosas que aparecen en ella son las cosasnormales,y los lugares los de cada día, y la luz la de una mañana soleada de Madrid.

Antonio Muñoz Molina

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